Era domingo al mediodía, la playa de Santa María estaba llena. Como siempre, principalmente habaneros disfrutando de esas aguas cálidas tan cercanas a la capital. En ese momento surgió del mar algo que algunos pensaban que era un espejismo; otros, un monstruo marino; y los que se fijaron mejor, un hombre que más bien parecía un mendigo que llegaba del mar gritando: «¡Cuba libre!».

Robert acababa de cumplir cuarenta años, vivía en Miami en un impresionante apartamento en el piso 25 con unas vistas maravillosas. Trabajaba doce horas al día en una multinacional con la que tenía que viajar veinte días al mes por cualquier parte del mundo. Estaba cansado, muy cansado. Robert se agobiaba porque su esposa quería tener hijos y él sentía que ella no le dejaba tener sus espacios para él mismo. Tras doce horas al día trabajando, necesitaba sus momentos en solitario, haciendo sus cosas. Robert no quería tener hijos para traerlos a este mundo que más bien parecía una cárcel, no lo podía permitir. Vivía en una sociedad donde el yugo del consumo y las cadenas de las hipotecas y el trabajo le tenían amargado. Mucho peor fue cuando en 2024 Trump volvió a ganar las elecciones y fue de nuevo presidente de Estados Unidos. En apenas dos años sintiéndose muy fuerte tras la nueva victoria, empezó a transformar Estados Unidos en un sistema aún más capitalista a la antigua usanza, un liberalismo extremo, generando unas diferencias sociales cada vez más patentes y una xenofobia que él no podía soportar, especialmente después de haber conocido buena gente en todas partes del mundo y de todas las razas y culturas. Incluso viejas conquistas sociales, como el aborto o el matrimonio gay, estaban empezando a ser cuestionadas y cada vez más limitadas.

No podía más. Se fue a tomar una Samuel Adams a su pub favorito, ese en el que nadie se fijaba en él y podía estar en la barra solo con su libreta, en la que anotaba ideas para escribir relatos y novelas que nunca empezaba. Con la quinta cerveza lo vio todo claro, tenía que buscar la libertad, y qué mejor que ir a Cuba. Había tenido que viajar allí en la época de Obama por unos posibles negocios que empezaban a surgir tras la apertura económica y la inauguración del puerto del Mariel, cercano a La Habana. Ello le permitió conocer a gente cubana y se enamoró del país, siempre decía que lo mejor de Cuba no eran sus playas ni La Habana Vieja: eran sus habitantes.

Consumió las treinta páginas de su libreta planificándolo todo. Llegó a medianoche a casa; su mujer le regañó, como siempre, pero esta vez a él no le importó. Durmió como nunca y los tres meses siguientes se dedicó a preparar su huida, estaba prohibido para los norteamericanos viajar hacia Cuba; además, quería hacerlo todo en silencio, desaparecer de su mundo. Así que decidió que lo iba a hacer como los cubanos, pero a la inversa: por mar. Las famosas noventa millas que separaban las dos costas de los países eran un reto que le motivó todos esos meses y recuperó una ilusión sospechosa para todos sus compañeros de trabajo y para su mujer.

Como buen profesional, no dejó suelto ningún detalle y entrenó natación dos horas al día entre semana y cuatro los fines de semana. Al mes, le despidieron del trabajo porque no quería viajar y ya no trabajaba más que apenas las ocho horas justas que exigía el convenio. Esto le hizo más feliz todavía. Aprovechó para estudiar a fondo cómo eran las odiseas marítimas y hablar con amigos suyos y conocidos que tenían barcos y conocían bien el mar. Estudió a fondo a esos grandes nadadores que cruzaban estrechos. A veces se iba a nadar por la noche para acostumbrarse.
Su amigo Charles, que salía a navegar cada fin de semana para desconectar en el mar, conocía perfectamente la trayectoria hasta el límite de las aguas de competencia de Estados Unidos. Él fue el que le llevó hasta ese límite, a partir de ahí iría nadando. Cincuenta millas le restaban, ochenta kilómetros que tendría que hacer en poco más de dos días. Se sentía preparado.

Se despertó sobre la arena de la playa rodeado de cubanos con cara de preocupación que no paraban de murmurar entre ellos, una mujer que le pareció preciosa le seguía haciendo el boca a boca a ratos, hasta que vio que reaccionaba y empezó a llorar de emoción. Pronto llegó la ambulancia y se lo llevaron al Hospital de Extranjeros en Miramar. Por su trabajo había aprendido bien español, además de que en Miami es fundamental y se puede hablar y practicar en cualquier sitio. Así que pudo explicarles la historia a los enfermeros y el médico que le atendían.
Pronto la noticia corrió como la pólvora, todo el mundo hablaba del americano que había huido para ser libre en Cuba. El propio presidente de Cuba fue a verle al hospital con una amplia delegación: agasajos, fotos, entrevistas… Robert estaba alucinado. Feliz de estar en el país de sus sueños y de recibir el cariño de la enfermera Yunia, que le cuidaba amorosamente día y noche.
Era el héroe nacional de Cuba en esos momentos. Los cuidados de Yunia le hicieron mejorar rápidamente e incluso sentirse tan fuerte como para tener sexo con ella en unos encuentros tiernos que se prolongaron las tres últimas noches de estancia en el hospital. Al salir, el Gobierno le había procurado una casa, le habían nombrado asesor personal del presidente y el equipo de comunicación e imagen del Gobierno ya le había preparado un plan intenso de charlas a lo largo del país. Conocer cada rincón le gustó, pero también fue el principio de una traumática decepción. Empezó a ver la realidad que era francamente trágica, sobre todo en las zonas rurales y los pequeños pueblos. Se enamoró aún más de la gente y amó a muchas mujeres.

Pero el desencanto empezó a aparecer. Echaba de menos las series de Netflix, las cervezas verdaderamente frías, la carne de res, que en Cuba no se podía tomar porque era casi tan sagrada como en la India. Había apagones que paraban la ciudad, la comodidad de las casas se perdía completamente cuando había lluvias y el saneamiento dejaba de funcionar. No entendía por qué un país como Cuba importaba cosas tan básicas que se podían fabricar internamente.

Se unió a los contrarrevolucionarios, que eran llamados «gusanos». En una de las manifestaciones, conoció a Liliana, una de las líderes más impetuosas. Fascinado por su labia, tuvo una apasionada relación y sin darse apenas cuenta la vida le cambió en un momento de pasión descuidada. Nació el tercer hijo de ella y el primero de Robert. Liliana siguió su lucha, la hija fue para él, la cuidaba, la amaba profundamente y se divertían juntos. Era su vida. Solo Pedro, su amigo español, le ayudaba a pasar los malos ratos. Como era un inversor acaudalado, llevaba una vida placentera y se quedaba allí quince días siempre que iba, aunque apenas tenía un par de reuniones para vigilar o desarrollar sus negocios. Le acompañaba con la niña y tomaban cervezas y mojitos juntos.

Al cabo de cuatro años, el triunfo de la contrarrevolución hizo que Liliana acabase como presidenta del Gobierno de Cuba. Una vez que tomó el poder, renegó de sus aparentes principios, que predicaba con vehemencia, y se convirtió en lo que mucha gente a escondidas llamaba la Putin cubana, así la conocían también en Europa. Una falsa democracia y una Cuba que cada vez se parecía más a Florida.
Robert ya no podía más, la odiaba, no quería que su hija creciese en ese maldito país y con esa loca soberbia. Lo preparó todo para huir, fueron meses de miedo e ilusión, como cuando huyó de Estados Unidos. Por supuesto, la escapada sería con su hija. Iría a España, dado que, al gobernar Yolanda Díaz, perteneciente a un emergente partido a la izquierda del socialdemócrata PSOE, que había gobernado alternativamente con la derecha muchos años, se distanció de esa nueva Cuba y protegía a cualquier cubano que llegaba a territorio español. Un pequeño avión de Pedro estaba preparado en el aeropuerto de Varadero para recogerles.
Fueron en un autobús para pasar lo más desapercibidos posible; la niña en realidad no sospechaba nada, solo sabía que iba a hacer un viaje con su papá. Se sentía feliz de volar e iba a conocer un sitio nuevo. Subieron las escaleras del avión y acoplaron el pequeño equipaje que llevaban. Cuando se sentaron y vieron la puerta cerrarse, la emoción de Robert le hizo saltar las lágrimas. El avión empezó a moverse cada vez más rápido, en ese momento escuchó a Liliana en la parte de atrás diciendo: «Eres un asqueroso traidor a la causa» y le disparó. La niña empezó a llorar y Robert, en su último suspiro, lo único que pensó y apenas balbuceó: «Qué va a ser de ti, hija. Te quiero». La niña intentó abrazarle, pero Liliana la apartó bruscamente y le remató con un nuevo disparo en la frente.

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Julián Sastre - Doctor Ingeniero de Caminos
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